El divorcio entre la academia y la industria no tiene sentido



En algún lugar del Quijote de La Mancha, se menciona que del dicho al hecho hay largo trecho. En la vida cotidiana, diversos empresarios afirman que uno de los problemas relacionados con la contratación de recién egresados de las universidades radica en que una vez llegan al “mundo real” los jóvenes deben ser reeducados para que se puedan sincronizar con el ritmo y las exigencias del mundo laboral. De allí surge el problema que se manifiesta como ofertas de empleo en las que se buscan personas con experiencia previa antes que con títulos muy visibles.

Pareciera que la educación tradicional vive en un universo paralelo, o al menos, en un desfase o asincronía que le impide responder a las exigencias del cambiante escenario de los negocios. La manera como las leyes y normas existentes, al menos en Colombia, hacen que la academia tenga que estar sometida a tránsitos burocráticos lentos que le impiden cambiar y adaptarse con rapidez al vertiginoso mundo en el que la tecnología redefinió las maneras de hacer y de entender al mundo. Libros que no cambian en décadas, maestros que repiten la misma cátedra durante lustros, decanos que se amarran a sus puestos como si de capitanes de barco que naufraga se tratara, planes de estudios basados en supuestos sin verificación empírica, ingenieros que se titulan sin haber conocido nunca un laboratorio, teorías que nadie se atreve a controvertir o comprobar y docentes que en algunos casos jamás han ejercido su carrera pero enseñan a otros sobre cómo hacerlo. A todos estos signos y síntomas se las ha denominado “la paradoja educativa”. Una enfermedad que a todos nos afectó alguna vez.

El mundo se cambia de dos maneras posibles: Una cosa a la vez, o de una sola vez todo. Pretender arreglar los defectos del sistema educativo es enfrentarse a los 12 trabajos de Hércules, y habría de cambiarse de a poco lo defectuoso y reemplazarlo por lo nuevo. Tomará años hacer cambios de fondo y forma, años para experimentar y fallar y acertar, cambiar mentes y cambiar personas, mover y reorganizarlo todo. Pero es algo que hay que hacer ya o ya.

Sin dudas, lograr que el vínculo entre la academia y el sector productivo sea sólido y dinámico, no un eslabón de una cadena como si un engranaje, es el reto mayor. La educación que no es útil no es educación y si lo que se vive en las aulas no puede mejorar el mundo, entonces no es una educación sana socialmente. La empresa debe enseñar de sus experiencias si quiere que esto cambie para bien, y no solo puede quedarse en quejas y esperando que sean otros los que cambien para su beneficio. La industria es un producto de la cultura y la sociedad, y a su vez es un productor de cultura y de individuos sociales.  El aprendizaje no se acaba cuando se dejan las aulas, todo lo contrario, comienza a aprenderse cuando las personas des-aprendemos lo que nos enseñaron en la toría, lo confrontamos con la realidad y re-elaboramos el conocimiento a partir de la experiencia que lo enriquece.

Echarse en cara las presuntas culpas de parte y parte ha sido hasta ahora lo que sostiene el discurso de la relación entre la academia y la empresa. Y sin que esto sea lo ideal, si representa de algún  modo un diálogo que ya comienza a mostrar que el camino es la construcción conjunta y la solución mancomunada. Sucede como en las terapias de pareja, donde los cónyuges que se necesitan y se quieren entran en conflicto y luego de reconocer sus defectos también son capaces de ver que el compromiso es mayor que el problema y así se deciden a reconstruir la relación para bien.

La academia ya lo está entendiendo y está procurando de a poco ajustarse y ser más flexible. Sin embargo, las estructuras de gigantes como lo son las verdaderas universidades – no las de garaje- hacen que el cambio se dé a paso de elefante.  Para quienes han visto la película “La era del hielo” la escena es fácil de evocar: dos mamuts marchan lentamente escapando de la glaciación y más adelante marchan dos comadrejas ágiles y saltarinas que les van indicando el camino.  Algunos, como es el caso de Básica, una agencia de publicidad que entendió desde su relación con las empresas  que sin cambio innovador no hay desarrollo, procuramos salir delante de los tiempos y caminar a la vanguardia proponiendo antes que denunciando, y es por eso que creamos una unidad llamada Básica Academy cuyo fin es el de ser el puente que comunica la realidad del día a día con la teoría y el conocimiento para de esta manera generar un cambio social a partir del cambio de las personas.

El ser humano es el centro del universo como lo entendemos, y así como una persona se alimenta de nutrientes debe también alimentarse de conocimiento orientado a crear, innovar y solucionar desde su trabajo lo que le corresponde para garantizarse un mejor mundo para él y los suyos. Bajo las premisas del diálogo creativo, de la capacidad transfomadora de las personas y de la creatividad como motor del mundo, BásicaAcademy entiende que la publicidad evoluciona y su razón de ser va más allá de solo vender productos. Como el ideal olímpico, citius- altius- fortius (más rápido, más alto y más fuerte) ahora las personas deben fluir y encontrar su lado creatius (más creativo) gracias a la educación.  Humano es sinónimo de creador. Ya el mito de la creatividad como un don propio de unos pocos se ha revaluado y sabemos que a su manera y dentro de la individualidad que nos hace diferentes todos somos inteligentes y creativos en aspectos diversos y complementarios.


Nuestra vocación es la creatividad y la entendemos como la manera de transformar el mundo a través de la transformación de las personas. Enseñamos haciendo y dialogando. Ese es nuestro credo y es así como queremos aportar para cerrar la brecha entre la academia y la práctica. Proponiendo, haciendo y empoderando.

El tiempo del divorcio entre el conocimiento y la realidad está llegando a su final.





Share on Google Plus

About Ignacio Ardila

    Blogger Comment
    Facebook Comment

0 comentarios :

Publicar un comentario en la entrada